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El Dolor
Aunque las personas que lo sufren se resistan a admitirlo, el dolor es esencial para la supervivencia ya que es la sirena de alarma del organismo, que llama nuestra atención hacia cualquier trastorno de la salud o hacia una enfermedad real, y nos protege de lesiones graves por medio de actos reflejos.
Dado que sentimos dolor en todas las partes de nuestro cuerpo, este sistema de alarma debe estar distribuido por todo él, y debe ser tremendamente rápido. El responsable principal es nuestro sistema nervioso, un gigantesco sistema de comunicación comparable a una extensa red telefónica cuya centralita es el cerebro. La médula espinal ejerce la función del cable de transmisión central. Las fibras nerviosas, formadas por numerosas células independientes y que entran y salen de la médula espinal como las ramas cada vez más pequeñas de un árbol, son las líneas telefónicas individuales. En conjunto, tienen una longitud calculada de algo menos de mil millones de kilómetros, más de 2.500 veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Al igual que en las líneas telefónicas, la información se envía por las vías nerviosas en forma de impulsos eléctricos, en ocasiones a unas velocidades que cortan la respiración: hasta 135 metros por segundo. Esto supone casi 500 kilómetros por hora, y explica por qué si estamos tocando una placa caliente, retiramos la mano de la misma casi al mismo tiempo de sentir el dolor.
Varios millones de sensores del dolor
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De la transmisión de la información de "dolor" se encarga otro ingenioso mecanismo de nuestro organismo. Distribuidos por todos nuestros tejidos corporales, y en menor grado incluso en nuestros músculos y huesos, vasos sanguíneos e intestino, se encuentran pequeños sensores de diámetro inferior a una millonésima de milímetro. Estas terminaciones nerviosas libres tienen la función de recibir ciertos estímulos y enviarlos por las fibras nerviosas hasta el cerebro. Todos ellos realizan trabajos especializados:
algunos reaccionan exclusivamente a la temperatura,
otros a la presión o la vibración y
otros a las sensaciones de dolor.
Si estos sensores del dolor, cuyo nombre técnico es nociceptores (del latín nocere = hacer daño, y capere = captar), son estimulados de alguna forma (ya sea mecánica, térmica, química o eléctrica) suenan campanas de alarma y se envía al cerebro la señal de "dolor". Se calcula que, desde los millones de nociceptores distribuidos por todo el organismo, se transmiten por segundo un enorme cantidad de estímulos y sólo somos conscientes de una pequeña parte de ellos.
Según el tipo de estímulo que se reciba, se reaccionará de distinta manera:
cuando los estímulos que llegan son leves (toques suaves, sensaciones moderadas de calor o frío, estímulos dolorosos ligeros), éstos son evaluados antes de que se formule la "orden" de reaccionar.
cuando las sensaciones son más violentas (dolor agudo, calor o frío extremos) no dan tiempo para pensar, es decir, no son evaluados sino que se desencadena un reflejo de defensa antes de que el mensaje doloroso haya llegado. Esto es beneficioso cuando amenaza un peligro, dado que cualquier vacilación puede resultar fatal y la reacción instantánea es beneficiosa.
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Una doble protección
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Además de los varios millones de sensores del dolor nuestro organismo tiene otros dos dispositivos de seguridad incorporados a su sistema de alarma:
Si las células son estimuladas violentamente en cualquier lugar de nuestro cuerpo (por ejemplo, por procesos inflamatorios desencadenados por las reacciones de defensa de nuestro sistema inmunitario) o lesionadas o destruidas por una agresión, como un corte, se liberan en ese lugar varias sustancias químicas especiales denominadas como mediadores del dolor (bradicinina, histamina y serotonina). Su misión es "sensibilizar" a los sensores de modo que aumenten las señales dolorosas que están enviando al cerebro.
Otras sustancias transmisoras que se forman inmediatamente después de que las células son estimuladas, lesionadas o destruidas y que aumentan aún más la sensibilidad de los sensores son los amplificadores o activadores del dolor (las prostaglandinas).
La consecuencia de todo esto es que nuestro cerebro se ve absolutamente bombardeado por impulsos dolorosos. Los médicos hablan de esto como una sensibilidad excesiva al dolor que asegura que nuestro organismo reaccionará ante la lesión en cualquier caso (el nombre técnico de esta sensibilidad excesiva es hiperalgesia ,del griego algos = dolor).
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Los procesos inflamatorios y la fiebre
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Además del dolor, la fiebre es un fenómeno desagradable que también puede acompañar los procesos inflamatorios.
Nuestro sistema inmunitario cuenta con "basureros" (los macrófagos) que se encargan de capturar sustancias no deseadas en el organismo tales como:
bacterias y sus productos metabólicos tóxicos (toxinas);
sustancias tóxicas ambientales;
células muertas y restos celulares, etc.
Estos basureros hacen inocuas estas sustancias (es decir, capaces de que no hagan daño) y liberan simultáneamente sustancias piretógenas en la sangre (del griego pyreto= temperatura).
Estas sustancias pirógenas provocan una serie de reacciones bioquímicas diferentes, formando mediadores inflamatorios (algunos son las mismas sustancias que como mediadores del dolor nos impulsan a la acción). Estos mediadores son transportados por la sangre hasta la parte del cerebro en que se ubica el "centro termorregulador" que controla la temperatura corporal y estimulan al "centro termorregulador" para aumentar la temperatura corporal, produciendo así fiebre. La fiebre forma parte de la reacción de defensa del organismo. Y la inflamación continúa: muchos de los mediadores de la inflamación poseen un efecto vasodilatador, que es aumentado por las sustancias amplificadoras o activadoras del dolor (prostaglandinas). La circulación aumenta en gran medida en el foco de inflamación, como demuestra claramente el aspecto enrojecido de las zonas. Los tejidos se hinchan en el lugar de la inflamación y el dolor aumenta debido a la presión sobre los receptores del dolor. Por tanto, las prostaglandinas son algunos de los principales factores en la compleja secuencia de reacciones fisiológicas que ocasionan los síntomas de "dolor", "fiebre" e "inflamación". Aunque nos resulte fastidiosa, la barrera inflamatoria frena la lesión y es el primer paso hacia la curación.
Sin esta "barrera inflamatoria", el cuerpo se vería inundado de microorganismos incluso en caso de cortes y excoriaciones.
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Esta información no está aprobada por la ANMAT (Adm. Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecno. Médica) y corresponde a estudios clínicos, diarios y revistas internacionales.
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